Estoy feliz porque voy a seguir estudiando, tengo una beca.

Fecha : 29 June, 2018

Paz tiene catorce años y estudia el segundo grado de secundaria, vive con su papá en una de las colonias más afectadas por la violencia en Acapulco. Hace un año, unos hombres la levantaron en un coche. La llevaron a una casa donde la golpearon y abusaron de ella. No recibió atención médica y psicológica de manera oportuna y quedó embarazada tras la agresión. Hace unos meses comenzó a ser atendida por un psicólogo y un trabajador social de MSF.

A simple vista parece que todo está bien y detrás de eso hay muchas cosas malas, como agresiones contra las mujeres, muchas muertes y delincuencia.

Yo he vivido esa violencia. En octubre del año pasado, camino a la escuela, unos hombres me agarraron y me subieron a un carro. Me llevaron a otro lugar, ahí me golpearon y empezaron a tocarme. Una maestra se dio cuenta y estuvo conmigo. Pusimos una denuncia, pero las autoridades no prestaron atención. Sólo hablaron conmigo y no me hicieron mucho caso.

Ese día salí temprano porque iba a hacer una tarea. En casa no contamos con el dinero suficiente, tenía que hacerla por internet y en el colegio lo tienen gratuito, así que decidí ir allá.

Salí temprano. Me fui caminando y encontré un taxi estacionado, se veía normal.  El conductor ofreció llevarme, yo no llevaba dinero para el pasaje y me negué, le dije que prefería caminar. 

Sin darme cuenta, otro señor me jaló por la fuerza. En ese momento me asusté y pensé que ya no iba a regresar a casa. Fue lo primero que se me vino a la cabeza y tuve mucho miedo.

Me subieron al taxi. En el camino ellos iban platicando. Algunos dicen que eran miembros de una banda que operaba en esa colonia. Me llevaron a una casa abandonada, pero con muebles y cosas. Ahí comenzaron a tomar y a fumar. Después, ya bebidos, uno de ellos me jaló y me preguntó quién era. Actuaban como si no me reconocieran, decían no saber nada de mí. Comenzaron a tocarme. Yo no me dejaba y los empujaba; ellos se pusieron agresivos, me golpearon y ofendieron.

El que me jaló les dijo a los otros que me sujetaran y todos comenzaron a hacerme cosas, a tocarme. Cuando terminaron querían llevarme al lugar donde me recogieron; en vez de eso me dejaron más abajo de mi escuela. Estaba llorando, espantada, sentía mucho asco y dolor. Comencé a caminar y me encontré con una de mis compañeras de la escuela, quien me llevó a bañarme y me prestó ropa. Luego me ayudó a subir a mi casa, me acompañó.

Cuando llegué estaba asustada y no le dije nada a mi papá. Al otro día se lo conté a mi maestra de español y ella me dijo que si quería poner una denuncia, me iba a apoyar. Días después fuimos a levantarla y los del Ministerio prometieron avisarnos de lo que iba a pasar con ella, pero no se veían serios y no nos pusieron atención. Abrieron un archivo y todo quedó ahí.

La maestra me ofreció llevarme al doctor y no quise. En el Ministerio sólo me hicieron una prueba para saber si no me habían contagiado alguna enfermedad, aunque no de embarazo. No dijeron nada más.

Días después, la maestra comenzó a recibir amenazas. A su hijo lo golpearon y le quitaron su carro, pero ella siguió ayudándome. Los que tuvieron miedo fueron los otros maestros.

Había un profesor, que aún da clases, quien me preguntaba si me había gustado, que si yo quería que me pasara y me hacía sentir incómoda. Quería salirme de la escuela, se lo comenté a mi papá y él no entendía por qué. Yo no le había contado lo que me pasó, sólo le dije que quería hacerlo porque no me sentía bien.

Todos los maestros comenzaron a portarse serios conmigo. Hacía los trabajos, pero me los rechazaban porque tenían miedo de que les pasara algo… como ya había habido amenazas. La única que seguía apoyándome era la maestra de español. El profesor que me había agredido era el que más se iba en mi contra y no sólo dirigía sus ataques hacia mí, sino contra muchas compañeras. Su esposa, que también trabaja ahí, era mi profesora de Industria del Vestido. Yo hacía mis trabajos y no me los aceptaba, los tiraba a la basura y me decía que yo no iba a ser nadie en la vida, que era mejor que no estudiara, que sólo les hacía perder el tiempo. Habló con el director para que me sacaran.

Comenzaron a bajarme las calificaciones a pesar de que me esforzaba mucho. Me salí en diciembre, justo hace un año, y me pasé a una telesecundaria, cerca de casa. Ahí iba bien. Pasaron los meses, llegó febrero y mi madrina comenzó a notar que estaba embarazada. Los maestros, por rumores de algunas alumnas, se dieron cuenta y decidieron no aceptarme. Me sacaron y no dijeron más, sólo que ya no me iban a aceptar y que me buscara otra escuela.

Me sentía mal, no sabía qué hacer. Le comenté a mi papá que iba a tener un bebé; mi madrina me ayudó a decirle porque yo no tenía el valor. Puso una cara de susto y después me preguntó cómo había pasado, entonces le conté.

Poco después se enteró toda la colonia. Entonces tenía un apoyo económico del programa Prospera. Había una vocal que al principio me hablaba bien, después se dio cuenta de que estaba embarazada y cambió. Me trataba mal, no me daba la tarjeta de citas y me sacaba de las pláticas para recibir los apoyos. No fui la única a la que expulsaron por lo mismo, hubo otra chica también. Después me llegó la noticia de que estaba dada de baja. Ese día la vocal me sacó de ahí y me maltrató.

No teníamos dinero. No me quise atender el embarazo. Me cortaba las manos, las piernas y el estómago con una navaja. Algunas compañeras me ofrecían fumar; sólo lo hice una vez, pero yo era la que más se cortaba.

Mi papá empezó a ayudarme y platicaba conmigo, antes de que esto pasara se mostraba distante. Comenzamos a charlar sobre lo que íbamos a hacer cuando naciera el bebé, aunque no sabíamos qué. Él no quería que me atendieran porque eso me incomodaba y además me hacían preguntas que no quería responder.

A veces me acuerdo de lo que pasó, lloro y me pongo triste. Cuando nació mi bebé no quise rechazarlo porque fue una inspiración para salir adelante. Ahora mi papá también siente cariño. Antes de que naciera pensé que no lo iba a querer, que lo regalaría, pero fue todo lo contrario.

Llegué a MSF cuando empecé a atenderme el embarazo, tenía seis meses. Mi padrino me metió a la sala de urgencias y me acuerdo que ese día él le contó a una médica todo lo que me había pasado. Entonces conocí a una doctora de MSF, Violeta, y ella me explicó cómo funciona este programa. Me que dijo que ayudaban a las personas que sufrieron una violación. Me hizo pruebas para saber si no tenía alguna enfermedad de las que se contagian por eso: todas salieron negativas. Me hizo pruebas de sangre, estuvo apoyándome durante todo el embarazo. 

Incluso ahora me siguen ayudando cuando el bebé se enferma, porque a veces no es fácil pasar a consulta o te hacen esperar mucho en los hospitales. Se me facilitó todo, ellos me ayudaron para que no tuviera problemas y para que me atendieran. En todo momento estuvieron conmigo y eso fue un gran apoyo, tanto para mí como para mi papá, que no sabía qué hacer durante el parto. Gracias a MSF recuperé el apoyo de Prospera, estamos en trámites y regresé a la escuela.

Me siento diferente, ya todo lo es, y aunque hay gente que aún me hace sentir incómoda son más quienes me están ayudando. Ya estoy bien y así me siento.  A veces se presentan problemas que me entristecen, aunque esto ya no es frecuente. Estoy feliz porque voy a seguir estudiando, tengo una beca.

No callen, hay gente que sí te ayuda. Es difícil decirlo, pero es más difícil guardárselo, todo eso se queda dentro de ti y si mantienes silencio nunca vas a estar en paz contigo.

Si hubiera buscado ayuda de inmediato quizá me hubieran atendido el embarazo desde el principio o puede que éste ni siquiera se hubiera dado. Ya aprendí que no hay que temer ni callar porque eso te impide descargar la culpa y si lo manifiestas es más fácil que te atiendan, te desahogas y eso te hace sentir bien.

A alguien en un caso parecido al mío le diría que hablar a tiempo es una gran ayuda. Yo estoy muy agradecida con MSF.

 

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